Iglesias nuevamente se convierten en blanco de las protestas en Chile

Este Octubre se cumplió un año del estallido social en Chile. Las protestas que se desataron en 2019 fueron consecuencia del descontento civil frente a la exclusión social, a un mal sistema de pensiones, deficiente educación, salud, entre otros.

A modo de conmemoración, el pasado domingo 18, miles de ciudadanos tomaron nuevamente las calles de Santiago de Chile. Si bien al inicio fue una manifestación pacífica, al transcurrir el día se tornó más y más violenta, registrándose actos de saqueos y vandalismo.

En esta ocasión, la Iglesia Católica fue una vez más el blanco de actos de vandalismo. Grupos violentos accedieron por la parte posterior de la Iglesia de Franciso de Borja, sacaron figuras religiosas y otros objetos que fueron destruidos o utilizados para levantar barricadas. De modo similar, una turba atacó la Iglesia de la Asunción, sacando figuras religiosas y prendiendo fuego al templo.

Por su parte, la Orden Franciscana de Chile informó que «el templo de San Francisco en La Serena fue profanado por un grupo de manifestantes generando daños en las puertas de acceso, bancas e imágenes al interior del templo». Otros medios señalaron que en la comuna de El Tabo, desconocidos lanzaron pintura y rayaron con spray el frontis de la parroquia Nuestra Señora del Rosario.

Según datos del Violent Incidents Database (VID), desde el año 2017 a la fecha se registran más de 40 actos de vandalismo en contra de templos de culto cristiano, especialmente en contra de la Iglesia Católica.

Como podemos ver, este tipo de ataques no son hechos aislados en el país. Si bien las protestas sociales en Chile tienen un componente anti-gobierno, la actitud de rechazo hacia la iglesia responde en parte a la concepción de que ésta, por buscar espacios de diálogo y alianzas con el gobierno, es responsable también por las desigualdades sociales y/o a la vulneración de derechos humanos, especialmente de las mujeres.

Estos ataques son una señal del creciente grado de intolerancia hacia la denominación cristiana, especialmente Católica. No se trata de incendios accidentales o robos que pueden ser resultado del delito común. En la ejecución de estas acciones, se puede observar un repudio frontal a la Iglesia y lo que esta representa. Se destruyen y profanan imágenes, las paredes de los templos son pintadas con frases ofensivas al credo católico y a sus líderes, sin mencionar los incendios provocados a los templos, como una forma también simbólica de destruir a la iglesia desde sus bases.

Aun cuando estas acciones son atribuibles a sólo un grupo de ciudadanos, se corre el riesgo de que poco a poco se vaya normalizando e implica que, a pesar de ser Chile un país democrático y garantista de derechos humanos, no es un país libre de violaciones al derecho a la libertad religiosa.

Chile en este momento se encuentra en una etapa crucial, la reciente aprobación de la reforma de la Constitución que rige desde 1980 es una oportunidad para salir de la crisis social y política que sume al país desde el año pasado.

Las posturas frente al cambio han sido diversas, inclusive al interior de las comunidades religiosas, especialmente evangélicas, algunos miembros han mostrado preocupación ante la posibilidad de que la nueva constitución no mantenga ciertos principios y valores, sin embargo, es muy pronto para hacer esa evaluación.

No obstante, aun con una nueva Constitución, no se puede asegurar de manera absoluta el respeto a las libertades humanas, mucho de ello depende también del grado de tolerancia y respeto por parte de la sociedad, por ello es preocupante el grado de violencia cada vez mayor de un sector de la sociedad chilena, en contra de los lugares de culto en el país, situación que pone en riesgo el pleno ejercicio del Art. 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Art. 12 de la Convención sobre Derechos Humanos.

*Imagen de la nota: Martín Bernetti (AFP)

 

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